diumenge, 30 de gener de 2011

Hagámos el Ramadán


Nuestra sociedad esta desentrenada en la privación.

Ya sea por el consumismo desbocado en el que estamos inmersos, o por haber pasado tanta pobreza hasta apenas hace 30 años, que no concebimos la privación si no es por un motivo realmente convincente. Tenemos una serie de adicciones y hábitos que nos parecen irrenunciables. Por ejemplo el solo hecho de prescindir del café matutino, para la mayoría de nosotros sería algo traumático, y ya no digamos el via crucis por el que tienen que pasar lo que quieren dejar de fumar o los que se ponen a dieta para adelgazar unos kilos.

El motivo de que una pequeña privación nos genere tanta ansiedad, no es otro que no estamos entrenados en la privación, cedemos tantas veces a nuestras apetencias, escuchamos tanto nuestras necesidades y tenemos tanta urgencia en satisfacerlas que cuando toca tener fuerza de voluntad y privarnos de lo que nos pide el cuerpo, se nos hace un mundo.

Hace poco, por motivos de trabajo, tuve la ocasión de pasar unas horas con un grupo de musulmanes el primer día del Ramadán.

Me sorprendió la naturalidad con la que tomaban la privación. No se veía resignación en sus caras, ni sufrimiento, ni siquiera miraban con deseo el refresco que yo me tomaba, a pesar de que hacía mucho calor i llevaban ya muchas horas sin ni siquiera beber un poco de agua. Les pregunté si era duro para ellos, y me respondían que al principio era más difícil y conforme van pasando los días se van acostumbrando, como en todo, y los últimos días ni se dan cuenta, además que cada día que pasa habiendo respetado el ayuno, se sienten más felices y aumenta su autoestima por la sensación de trabajo bien hecho.

Como occidental que ha vivido toda su vida en la abundancia, me costaba entender ese comportamiento tan abnegado, y les preguntaba qué pasaría si bebían agua o comían algo, si Dios los castigaría o algo por el estilo, y la respuesta no podía ser más contundente, si no respetaban el ayuno no pasaba absolutamente nada, eran libres de hacerlo, y desde esa libertad escogían ayunar.

Me pregunté como sería nuestra sociedad si también hiciéramos un ramadán, una vez al año, despojándolo del sentido religioso, si por la razón que fuera, cada año, durante un mes, todos tuviéramos que privarnos de nuestras necesidades más básicas durante largas horas.

Sinceramente creo que muchas personas que ahora mismo se ven incapaces de dejar de fumar, de beber, de adelgazar… etc., se sentirían más fuertes, se habrían demostrado a ellas mismas, que son capaces de conseguir dominarse y se enfrentarían a sus retos con una mayor fuerza de voluntad.

Pero claro para ello se necesita un estímulo superior, una promesa de recompensa o una amenaza de castigo, y para ello nada mejor que la fe religiosa.

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